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Una despedida para Miguel
Miguel
hoy lo veo viendo para adentro
para aquellos sitios que, en verdad
mucho no gustaba de mirar
tan entretenido siempre
en las cosas de este mundo
las de afuera
las que se tocaban y medían
las que se pesaban y se olían.
Hoy, Miguel, lo veo
mirando para adentro
hacia esos mundos que tienen
los bordes imprecisos
un poco en sombras
ocultos por múltiples cortinas
transparencias de azul, veloces
acerados como nubes
en primaveras del sur.
Lo veo, Miguel, dedicado
a buscar lo que no quería buscar
aquello que dejó para el final
lo que está detrás
en bosques de frondas transparentes
árboles de celofán
farolas enhiestas
soles de plata y bronce
anidados en el vientre
de la memoria, con las puertas
abiertas ahora de par en par.
14 de Noviembre de 2002
Miguel Eduardo Jorg falleció el 15 de Noviembre, a las 11:30 hs., a los 93 años.
Tuvo, sí, una muerte digna. Dio tiempo a que lo rodeara el afecto de sus familiares, sin dolor, sin otros síntomas molestos a la hora de que se abrieran esas puertas.
Lo imagino con su curiosidad insaciable, diciendo como Pessoa "Dadme mis lentes", para investigar y ver qué era aquello del más allá. Lo imagino deteniendo en cada esquina del cielo a los espíritus errantes, para preguntarles cosas como si han visto vinchucas en el cielo, qué tipo de triatomideos hay allí, si han investigado sobre la presencia de tripanosomas, si producen algún trastorno de conducción en el alma de los muertos, al modo del corazón de los vivos.
Cuando uno le pregunte, ¿cómo anda Doc? ya no dirá, señalándose la cintura, "de acá para arriba bien", pues todo andará bien. No se necesita, según dicen, el bastón allí, ni siquiera los huesos se llevan, ya que el alma vuela como los pájaros.
Cuando Miguel era un niño de 10 años, ayudaba a su padre en un pequeño taller de electricista. Reparaba motores eléctricos, de ventiladores y otros artefactos, rebobinados, etc. Para ello empleaba una balanza de precisión. Un día, volviendo de la escuela, compró un chocolate y vio que en el envase decía que su peso neto era de 20 gramos. Se le ocurrió pesarlo y comprobó que apenas pasaba los 17. Al otro día llevó la balanza a la casa de golosinas y, descontando el peso del papel, pesó tres cajas de 20 chocolatines cada una, comprobando que en dos de ellas, cada uno pesaba menos del peso indicado. En la otra era el que correspondía. En la escuela les pidieron a los niños una composición sobre algún tema de su interés. Miguel presentó su trabajo titulado "No todos los chocolatines pesan 20 gramos". Ante la sorpresa de la maestra, el trabajo le fue llevado al Director de la escuela. Este se comunicó con el gerente de la empresa que fabricaba las golosinas y estos estudiaron el tema y comprobaron que lo que Miguel decía era cierto, y que se debía a un problema del secado de la pasta del chocolate. Los niños del grado fueron invitados a visitar la fábrica y a cada uno le regalaron una tableta grande de chocolate, y a Miguel una hermosa lapicera fuente que conservó por muchos años.
Cuento esto porque muestra el espíritu del investigador que se abría paso en su mente infantil.
En Mar del Plata vivió en un departamento del séptimo piso, en la calle Bolívar, entre Rioja e Hipólito Irigoyen. En una oportunidad, recogió el polvo que se acumulaba en su balcón y lo analizó. Descubrió la existencia de parásitos del perro. El viento del sur llevaba hasta allí los deshechos de la plaza Mitre, ubicada a tres cuadras de su casa. Desde allí mismo, observando raros movimientos en un terreno baldío, descubrió una plantación de marihuana en pleno centro de la ciudad.
Aún conservo la fotografía (a veces, en su dificultoso recorrido de tres cuadras hasta el Centro Médico, llevaba su cámara fotográfica, para aprovechar el paseo) de un yuyo crecido en una grieta del cordón de la vereda: mire - me dijo mostrándome la foto- dónde se le dio por crecer a esta plantita de alfalfa.
Detenía a los jóvenes que pasaban a su lado para preguntarles por la relación con sus padres, sus maestros, la violencia en la escuela.
"Serendipity", sagacidad alerta, le decíamos a eso. Mirada de asombro, conservación de la mirada del niño ante las cosas del mundo.
Los lunes, cuando nos reuníamos los integrantes del comité de redacción de la revista CM, él tenía preparado el material que sabía del interés personal de cada uno. Revisaba toda publicación que entraba en el Centro Médico y nos actualizaba a todos de las novedades de la medicina. Le oí hablar de la hirudina como anticoagulante, mucho antes de que aparecieran publicaciones sobre la acción de la sanguijuela, de tan buena fama en otros siglos y abandonada la pobre a su destino de bicho intrascendente durante muchos años. A él le escuché hablar de una bacteria (Capnocitofagacanimorsus) que complica las mordeduras de perro, del mecanismo de acción inmunológica interviniente en la cardiopatía chagásica, de la acción de la hormona de crecimiento en la reparación de los tejidos y en la remodelación de la estructura cardíaca después del infarto, y tantas cosas más, muchas de ellas antes de que aparecieran publicaciones sobre esos temas.
Era, con su larga y aprovechada vida y su asombrosa memoria, una colección de anécdotas sabrosas. Cuando escribo esto se me amontonan todas juntas y aparecen Salvador Mazza, Bertrand Russell, Roberto Arlt, Carlos Gardel, Eva Perón, y tantos otros. Parecía imposible que hubiera podido vivir tanto en una sola vida, pero en muchas ocasiones comprobé, corroborando en las fechas y en los materiales que conservaba, la verdad de lo que decía. Una vez, recuerdo ahora, leí en una revista de un diario del domingo de la Capital, que se había descubierto una cueva en una montaña de Salta, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Pero que los descubridores no eran los descubridores. Muchos años antes habían estado allí, dejando pruebas de ello, dos argentinos inquietos y curiosos, Salvador Mazza y Miguel Jorg.
Miguel fue un maestro. De la medicina y de la vida. Amaba la vida, cada manifestación de la vida: "Cómo no voy a estar bien aquí - me decía desde su cama de la que no se movía en los últimos meses- si vienen a visitarme todos los días, desde esa palmera, tres clases de pájaros". "Además me cuidan la Dra. Menéndez, Nelly, la enfermera, Ricardo, un amigo y todas las chicas de aquí".
Aceptaba con lucidez y entereza ese destino último de estar postrado en una cama, al lado de una ventana, desde donde se veían el cielo, algunas plantas, una palmera y los pájaros. Prendido a su radio, escuchaba las noticias y música, sobre todo música. Su enorme cultura no excluía la música. La clásica, de la que era un conocedor profundo, el tango, el folklore ("cuando muera, que toquen Kilómetro 11", deseo que no pude cumplir) y el rock. Con mis hijos hablaba de rock.
Con mis hijos hablaba de rock, con mi mujer de hongos y parásitos, con mi suegro de viajes y países (y de mujeres también), conmigo de literatura.
En los últimos años tuvo algunos reconocimientos. Fue designado Ciudadano Ilustre de tres ciudades, de Mar del Plata, de Bahía Blanca (había nacido en Ingeniero White) y de Vicente López, donde había residido algunos años, dejando, como en todos lados, su huella.
Nunca tuvo pudor para decir lo que pensaba. Si escuchaba en la radio algo que no le gustaba, o que le gustaba, tomaba el teléfono, llamaba a la radio y lo decía. No conocía la pereza. Yo le pedía la traducción de algún artículo y al día siguiente lo tenía impecable, escrito a máquina mecánica, sin errores, sin correcciones. Era un milagro de energía, laboriosidad y talento (y conste que tenía, para entonces, más de 85 años). Murió a los 93. Trabajó incansablemente hasta los 92. Hasta que sus piernas le permitieron caminar hasta el Centro Médico. Cuando ya no pudo moverse, regaló su microscopio, se metió en una cama, se sacó los lentes, y dijo: bueno, hasta aquí llegué. Es así, la vida es así, la biología es así y hay que aceptarlo.
En un coma con ojos abiertos, esperó que viniera su familia, su hija y sus nietos, para la despedida. La visita de Rubén Storino, su heredero en la pasión por el Chagas. Se murió despacio, sin quebrantos, sin escenas penosas, sin causar molestias a los demás, como el temía que pudiera ocurrir.
En el cementerio parque nos regaló una última anécdota, para que lo recordemos con la alegría con la que vivió.
El sepulturero terminaba de tapar el ataúd con tierra, entregó a su hija Pelusa unpapelito con la numeración de la sepultura (531, sector D), y el encargo de hacer la pequeña placa identificatoria. Entonces se da cuenta que la ha visto antes. Ella le explica quien es y él le pregunta por su padre. "Está ahí, es el que acaba de enterrar". "No me diga - dice el hombre- no me diga que es el doctor, pero si yo le había guardado un lugarcito allá bajo aquel árbol, - y se toca la cabeza con pesar- pero..., siempre hablábamos, que me enterraran junto a Elena, me decía, un hombre tan agradable". Y luego, como una forma de restañar la falta le dice a Pelusa, "deje, yo me hago cargo de la placa, se la mando a hacer yo, no se preocupe". Todos nos sonreímos ante esa presencia de Miguel que nos regalaba, como dijo Victoria, una última anécdota.
Una última hasta ese momento. Porque Miguel fue un sembrador de alegrías y sé que seguirán apareciendo, para recordarnos (re- cordis, volver a pasar por el corazón) cómo es eso de vivir con entusiasmo (en- theos, llevar a Dios consigo).
Jorge J. Dietsch, Diciembre de 2002.